Terraza de restaurant en Ciudad de México

Desde siempre me han llamado la atención los galanes otoñales. 10, 15, 20 años mayores que yo. Tengo varias teorías del porqué pero no viene al caso poner la lista de esas maravillosas virtudes.

El caso es que estando yo en la universidad conocí en el famoso barrio de Coyoacán, cuna de artistas y escritores a un investigador de la UNAM. Alejandro Abed. Sociólogo e historiador. Tenía los ojos verdes y era muy alto. Yo quería comerme un helado pero ya me había comprado un libro y no me alcanzó para más así que al ver el precio decidí darme la vuelta e irme de una famosa heladería del lugar. A mi me encanta andar sola, así que ni reparé en el señor que estaba al lado mío.

“Señorita, señorita; espero que le guste el chocolate”. Me dijo una alegre voz. Ahí estaba él con sus casi 1.80 de estatura y dos helados. “¡Me encanta!” le respondí y le arranqué el barquillo de las manos. Chulada de macho ¡verda’e dios!

Con Alejandro recorrí la gran ciudad de México y sus alrededores. Mi galán tenía automóvil y dinero para invitarme algo más que un heladillo.

Imagínense tener tu propio guía de turistas en una de las capitales más lindas del planeta.

Una tarde en la que acababa de caer un chaparrón me invitó a un lugar especial y al ver esta fotografía los recuerdos volvieron a mi mente.

Se trata de un restaurante ubicado en la parte alta con vista al Palacio Nacional y la plaza mayor del antes llamado Distrito Federal. Una vista verdaderamente hermosa. Ahí, mi entonces novio me contó gran parte de la historia de la revolución y el porfiriato cuando se construyó el hotel Santo Domingo ubicado en República de Cuba #96, en el centro histórico. Si van a mi país y pueden; visiten este lugar en donde se sirve auténtica comida mexicana en un ambiente fantástico.

“¿Crees que es muy viejo para mí? Le dije a mi mamá. “¡Está viejo pa’mí Diana María por favor!” Me contestó mi pobre madre que pacientemente escuchó mis cuentos.

Yo tenía 19 años y él…41. Un año más que mi madre. El noviazgo terminó el segundo domingo en que Alejandro no pudo salir conmigo porque tenía que ver a su hijo de 8 años.

“Ven con nosotros y te lo presento” me pidió. Pero no estaba yo para chamacos ni hacerle a la madrastra. Ni lo quiera Dios. Hombre mayor al fin, lo entendió perfectamente. Con un beso apasionado…le dije adiós. Jamás volví a saber de él, pero su rostro cuarentón se dibuja añorando aquella hermosa tarde capitalina.

México #galanes #mayores #señores

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