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La encontré en el piso de la cocina. Nada más verla, supe que Rosegirl, mi perrita había muerto. Me acerqué para tocarla y las lágrimas empezaron a salirme a borbotones. No se movió. La cola que tantas veces movió para decirme buenos días estaba inerte.

Era una maltese, tenía 12 años y su corazón estaba enfermo. Hacía exactamente un año desde que la diagnosticaron con un problema cardíaco y de hecho, vivió bastante más de lo que se suponía. Fue mi primer perro. Llegó a mi vida por una hermosa casualidad y en medio de una tormenta espantosa…igual llovía la mañana en que partió.

La vi por primera vez en el 2008, estábamos en el auto en medio de la calle cuando vimos como otro vehículo atropellaba a una bola de pelo blanco. “Se murió” pensé. Le pedí a mi entonces esposo que detuviera el auto, quería recoger al animal y que no quedara en medio de la calle. Iba a recogerla cuando otro auto le pasó por encima. “Pobre animal” pensé y cerré los ojos. En medio de una gran tormenta insistí en ir a ver que había pasado con el perrito.

Corriendo recogí al animal que temblaba intensamente. Teníamos tiempo. Nos fuimos a ver a la veterinaria quien nos dijo que era una perrita, 100 por ciento maltese, que aunque tenía un microchip nadie la había registrado, así que no había forma de encontrar al dueño. Nos explicó que increíblemente no tenía roto ni un hueso pese a haber sido atropellada. Tenía 5 años más o menos. Nos dijo que si nadie la adoptaba…la iba a sacrificar.

Ángela, mi hija tenía 4 años y empezó a suplicar que nos quedáramos con ella, que ella había soñado que un perrito atropellado llegaba a su casa, que…bla, bla, bla. Mi ex esposo no es amante de los animales y prácticamente me dijo que hiciera lo que yo quisiera. Que sería totalmente mi responsabilidad.

Jamás había tenido un perro. Pero me encantó la idea de tener en mi casa a una verdadera sobreviviente.

Además ¿no dicen que todos debemos tener un perro para que cuando nuestra alma vaya a las alturas nos ayude a cruzar el puente que hay entre la tierra y el cielo? Será una leyenda popular, pero yo…me quise asegurar. La adoptamos. Ángela le puso el rarísimo nombre de “Rosegirl” impronunciable para mi familia mexicana que la llamaba “Rosita”.

Rosegirl nos vio vivir la hecatombe de una bancarrota, con todo lo que esto conlleva. Nos acompañó durante esos 8 meses que estuvimos sin empleo y también celebró con nosotros cuando por fin, obtuve un contrato de vuelta en la televisión.

Luego, me acompañó cuando puse fin a mi matrimonio y tuvimos que salir del que había sido nuestro hogar por tantos años. La perrita se fue con toda la marabunta (3 tortugas, dos gatos y dos niños) a un departamento de dos plantas. No sabía subir escaleras. Ahí aprendió.

Un año después vino otra mudanza, esta vez a nuestra nueva casa. Y Rosegirl ahí. Estoica, al pie del cañón viéndome mover cajas y desempacar.

Son tantos recuerdos, tantas lágrimas, tantos sueños junto a mi animal que ahora que se ha ido siento que se lleva también parte de ellos. Gracias “Rosita” por tanto amor. Que te reciban en el cielo de los perros hasta que un día….en el famoso puente…nos volvamos a encontrar.

Este artículo fue publicado en Huffington el 14 de septiembre del 2014

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