Desde hace varias semanas este “güerito” se aposta en mi terraza para pasarla a todo dar. Se tumba en las sillas o en una camita que le puse al lado de mi cactus mexicano. Yo lo recibo con carantoñas y de vez en cuando una “botanita”. Es un callejerito.

Hombre, el pobre necesita reparar fuerzas luego de algún encuentro fugaz en estas cálidas noches floridanas.

El se acerca, yo lo acaricio y le hablo mimosamente. “¡Ya llegó mi güero hermoso!” como una novia que sabe que le ponen el cuerno pero se hace la idiota. Gato al fin, recibe mis caricias con aires de superioridad. “Papito estás guapísimo” le digo constantemente.

El romance nos ha durado bastante. Aunque le digo “güero” le puse por nombre Shinkiro, como la novela de mi amigo Pablo Gato léanla y ya verán por qué.

El caso es que el otro día, estando yo de pie en mi terraza lo vi acercarse hacia mi. Venía, vayan ustedes a saber de donde.

Algo portaba Shinkiro en el hocico. No pude enfocar y no distinguí. Me puse a regar mis plantas hasta que sentí la pata del gato tocar mi pierna.

Y ahí estaba él. Un ratón 🐁 bien grandote a mis pies. El güero se relamía los bigotes y yo sólo pude gritar: “¡Güero cabrón…! ¡Qué ascoooooo!”

Shinkiro ni se inmutó. Me miró profundamente a los ojos con cara de “me vale madres”.

Entendí en ese segundo que era un regalo para mi. La caza del día para su “doñita”.

El ratón murió con dignidad. Sus ojos cerrados y en la panza solo un mordisco.

El cuerpo del delito estaba literalmente en la escena del crimen.

El sádico seguía relamiendo sus bigotes. Luego, se fue muy campante.

“A ver qué haces con eso…” pareció decirme.

El gato, el ratón…y yo.

Tercer cuento corto.

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