“Créeme, hay cosas peores que una infidelidad”. La frase vino de la boca de un respetable caballero.

Estábamos varios amigos en una fiesta hablando de la epidemia del divorcio. Algunos reconocieron algunas “canitas al aire” en el tiempo que estuvieron casados como causales de su separación.

“Pero me arrepiento ¡en serio!” Dijo alguien por ahí. “Además si las almas se aman, la infidelidad no importa”.

“Claro, a menos que la infiel sea la mujer” les dije yo. “Los mariachis callaron…” dice la canción. Luego de un silencio 🙊 profundo respondieron “la perdono”.

Yo no aguanté la carcajada. Solo conozco a un señor que me confesó haber perdonado la infidelidad de su mujer, porque el también lo había sido en determinado momento. Hoy están felizmente divorciados.

En mi cabeza, en una relación de “pareja” la infidelidad es un pecado capital que debe pagarse ¡con sangre! Bueno, es un decir.

Lamentablemente me considero incapaz de perdonar la afrenta. Mi crianza y experiencias familiares me lo impiden. Creo firmemente que cuando alguien es infiel lo va a volver a ser más tarde o más temprano. Pero no juzgo a quienes logran de corazón disculpar al infiel. Ellos y sus sábanas sabrán porqué.

Pero la acotación de mi amigo me dejó pensando. “Hay cosas peores que una infidelidad”.

Solo se me ocurre una cosa más grave que acostarse con quien no es la pareja de uno: lastimar a los hijos del cónyuge o no apoyarlo ante situaciones difíciles que involucran a sus hijos.

“Odiaba a mi niña y no pude más” me confesó hace poco una persona.

Supongo que cada quien soporta o perdona lo que quiere o puede.

En mi caso, como dicen en mi tierra “duele más la carne que la camisa”. Muerto aquel que se atreva a maltratar a mis hijos…

¿Y ustedes que opinan?…

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