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Pablo Neruda, el poeta chileno escribió sus magníficas memorias en “Confieso que he vivido”. Si hoy tuviera que escribir un libro podría llamarse entonces “Confieso que he comido”.

Me desperté a las 3 de la mañana. El estúpido pensamiento de marcarle a un personaje funesto me pasó por la cabeza, entonces tuve una idea mejor: comer.

Sigilosamente salí de mi cama. Boston, mi gato me siguió también sin hacer ruido. Sólo su cascabel daba cuenta de que estábamos despiertos… y hambrientos.

Abrí el refrigerador una, dos, tres veces. Pensaba que milagrosamente, cada vez que lo abriera podría encontrar algo “decente” que comer. Pero la verdad es que sólo un par de tomates me miraban como burlándose. Parecían reírse y decirme “anda, atrévete a comernos” y no… No me atreví.

Tenía tanta pereza que tampoco pensé en prepararme un sándwich….que flojera embadurnar el pan con mayonesa. Pero los milagros ¡existen!

Al abrir una gaveta una crujiente bolsa de papitas prácticamente se lanzó a mis brazos. La abrí desesperadamente… ¡Qué olor tan único!

Con las manos temblando por la rapidez vacíe la bolsa completa en un platón. Corté unos limones y tomé una salsa Valentina picante… Una salsa que los mexicanos consideramos en verdadero tesoro de Moctezuma.

Todos mis “ingredientes” los revolví… El resultado fue… orgásmico. Una Coca Cola bien fría acompañó mi snack de media noche.

Recordé entonces cuando al salir de la escuela, en mi México querido, mis amigas y yo comprábamos nuestras “papitas” con chile y limón y éramos… Felices.

Luego de las papas vinieron un par de chocolates y para rematar unas galletas. ¡Qué atracón!… Me sentía aliviada, satisfecha y orgullosa de no haber llamado a aquel mal amor… Aunque el precio a pagar hayan sido unas libras de más.

No cabe duda, las penas con pan o papas, son menos.

Este artículo fue publicado en Huffington el 30 de marzo del 2014

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