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Las paredes de la casa eran blancas. Había pocos muebles. Un sofá, una mesa y unas cuantas sillas. Las esquinas de los pocos muebles estaban forradas y en la vivienda se sentía un ambiente raro….faltaba el aire.

Madre e hija me invitaron a pasar a la cocina para invitarme un café. Un niñito regordete salió de quién sabe dónde y se aferró a las piernas de su madre. Me di cuenta entonces que el refrigerador estaba sellado con cintas. No podía abrirse. Tampoco los cajones. Tomé el café que me ofrecieron y volví a la sala.

Entonces lo vi. Tendría unos 8 años. No sonreía. Estaba triste.

“Este es David, mi hijo autista”.

Jamás había visto a un autista. En mi ignorancia creía que todos serían iguales al del personaje interpretado por Dustin Huffman en “Rainman”. Pensaba además en adultos, no imaginaba a un niño… ver al pequeño me impactó mucho.

Estaba parado en medio de la habitación y se abrazaba. Parecía balbucear unas palabras que no se lograban entender. La mirada perdida y los ojos hundidos con grandes ojeras.

“Casi no duerme. Ni nos deja dormir”, me explicó María quien junto a su madre se hacía cargo de David y su hermanito menor. Yo estaba ahí para hacer una entrevista. Me contó que el niño se desarrolló perfectamente hasta los dos años de edad. Contenta me enseñó vídeos de sus primeras dos fiestas de cumpleaños y su bautizo.

“De pronto… todo cambió. Me di cuenta que no avanzaba en su aprendizaje y que al contrario, retrocedía en muchas cosas. Luego de varias pruebas nos dieron un diagnóstico devastador: autismo”.

María lloraba mientras me contaba que al año de saber la condición de David, Roberto, su esposo, el amor de su juventud y padre de sus hijos, la abandonó. Quería que entregarán a David a una institución y su corazón de madre no pudo hacerlo.

Me dijo que extrañaba mucho a su pareja, pero que lo entendía. Era muy duro vivir con David, pero ella no estaba dispuesta a abandonar a su hijo.

María tenía problemas económicos y cero tiempo libre. David presentaba un caso severo de autismo. Con crisis de llanto, pataletas e intentos de dañarse él mismo. Cuidarlo era una tarea titánica.

Yo misma presencié una de las crisis y mientras el niño gritaba a mí me escurrían las lágrimas. Me daba ternura el amor con el que su madre lo atendía, me daba tristeza pensar que esa criatura que parecía perfecta físicamente estuviera atrapado mentalmente en no sé dónde.

Me despedí de la familia. Parecía que David entendió que me iba y desde una ventana me observaba. No me dijo adiós, sólo parecía mirarme… Tal vez ni siquiera me miraba a mí, pero yo quise creer que sí.

David y su familia cambiaron mi forma de ver la vida para siempre. Durante un tiempo me embarqué en jornadas de historias sobre niños autistas para que la gente conociera más sobre el tema.

Este mes de abril, se celebra el mes de la concientización sobre el autismo. Por eso escribo este blog, en recuerdo de David y de su madre a quien por cierto, azares de la vida me llevaron a reencontrar hace unos meses trabajando en otra historia.

La vi más fuerte y muy guapa. Me contó que su madre murió poco después de mi entrevista. Me dijo que tiene un novio que entiende su situación y que le ofrece su apoyo. Me dio mucho gusto por ella. Y me habló sobre David.

“Está bien. Es un adolescente ya. Las crisis han bajado mucho con sus tratamientos. Sigue en su mundo, pero ahora nos involucra más a la familia. A veces se acurruca en mi regazo y pasa largos ratos acostado en mis piernas. Dibuja precioso, le encanta dibujar la cara de su hermano. Está bien, estamos bien”.

Me mostró la foto de David. Los ojos negros de un guapo adolescente parecían mirarme con intensidad, tal como aquella vez, cuando con la mirada me dijo adiós, tras el cristal de una ventana.

Este artículo fue publicado en Huffington el 2 de abril del 2014 

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