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“Estoy segura que en unos años me voy a divorciar. El tipo es insoportable”. Escuché hace poco comentar a una mujer. Estábamos en un baño público. Ella lloriqueaba con una amiga que le decía: “Si, creo que yo también. Voy a esperar tres años a que Luis entre a la preparatoria y entonces lo corro”.

Nunca he entendido semejante barbarie. ¿Esperar a qué? ¿Cuántos años se necesitan de infierno para decidirse a ser feliz? Los años pasan, la vida sigue y nadie te agradece el sacrificio. Es verdad, muchos  no esperan agradecimiento por parte de sus hijos que a veces ruegan a sus padres para que no se separen, pero inconscientemente todos esperamos algo a cambio.

Mi madre estuvo casada 33 años hasta que finalmente decidió decir basta. Dos años antes nos había anunciado a mi hermana y a mi, que se divorciaba. Nosotras casi la aplaudimos de pie, pero…no lo hizo. Tuvieron que pasar 24 meses más para que luego de un disgusto que casi la lleva al hospital se animara a salir de la que fue nuestra casa familiar. El matrimonio de mis padres estaba deshecho desde que tengo uso de razón. Los pleitos constantes, las palabras hirientes, la mala onda fueron el pan nuestro de cada día durante años.

Me urgía salir de mi casa. Todo era un problema que terminaba en discusión. Es cierto, lo que mi madre deseaba se cumplió. Nunca tuvimos un padrastro que intentara maltratarnos y al igual que casi todas mis amigas de ese entonces yo vivía dentro de una familia “feliz”.  Curiosamente, en la escuela, nos reuníamos a chismear de los pleitos de nuestros padres. Así no nos sentíamos tan mal. Nos mirábamos las caras y decíamos…”¿se pelearon otra vez?…aguanta un rato”.

Cuando tuve novio, busqué a un hombre completamente opuesto a mi papá y al casarme juré que el día que ya no estuviera contenta me iría a buscar otros aires aunque tuviera hijos, casa, carro, seguridad, estabilidad o siglos de matrimonio…y lo cumplí. Fui muy feliz en los casi 20 años que estuve con mi ex pareja, aprendí mucho con él y crecí de muchas formas, pero el amor, si no se cultiva…se va. Es simple. No lo culpo, ni le reprocho. La vida es así. Inesperada.

Por supuesto, no promuevo el divorcio. Me encanta la idea de parejas unidas hasta el fin de sus días. Pero…si estás tan a disgusto…¿porqué seguir?

Algunos amigos me han contado que se sienten insatisfechos en la relación con sus parejas pero siguen con ellos…”a ver si cambian”. ¿Porqué van a cambiar? ¿Cambiamos nosotros acaso? ¿Qué nos lleva a pensar que algún día se les va prender un botón de ‘click’ para darnos esa felicidad que creemos merecer? El colmo es que estos personajes ni siquiera están casados, ni tienen hijos en común. El sufrimiento es literalmente a lo estúpido.

Y no somos solo las mueres las que hacemos gala de inteligencia. Un amigo me dijo hace muy poco: “Estoy con ella porque me aburro mucho solo. La verdad yo no la quiero, ni me voy a casar, ni a tener hijos, ni nada. Ella lo sabe…he sido honesto” en mi opinión ha sido un tonto. Si sabes que no la quieres, que no te gusta, que no pasa nada…entonces…¿qué carajo haces ahí? ¿Para qué la engañas? Y no me digan que no la engaña solo porque “ha sido honesto”. Hacerle creer a alguien que algo bueno va a pasar también es una especie de abuso. Te escribo y te busco, pero no te quiero. ¡Por Dios!

Todos, absolutamente todos esperamos algo a cambio del afecto. Es cierto, deberíamos reconocer señales a gritos de que no nos quieren o no le importamos a alguien, pero bueno, ese es tema de otro blog. ¿Porqué nos cegamos? Supongo que por miedo y no necesariamente a la soledad….sino al rechazo.

La pintora mexicana Frida Khalo, acuñó una frase que me encanta y define a la perfección este tipo de situaciones. “El tiempo no regresa. Donde no puedas amar…no te demores”. Quizá ella se demoró mucho y lo decía con conocimiento de causa. Ya se sabe su triste historia con un señor que le hizo de todo. Allá ellos.

El cariño no se puede obligar, si no te es dado libremente…no lo persigas.

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