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“Me dejó literalmente en la calle… a mí y a los niños”. Una amiga a la que quiero mucho me escribió contándome como el padre de sus hijos había tenido el valor y la poca hombría de dejar de pagar los gastos de la casa sin avisarle.

“Un día, al volver a casa de noche no había luz. Las cosas en el refrigerador estaban echadas a perder y los niños no pudieron hacer su tarea”. Como pudo, logró que le reinstalaran la energía eléctrica solo para que dos días después recibiera la sorpresa de su vida cuando alguien tocó la puerta de su casa.

“Tiene dos días para desalojar el departamento. Su ex marido no paga la renta desde hace 3 meses”.

Mi amiga fue víctima de su buena fe. Separada desde hace algún tiempo del padre de sus hijos, acordaron en que el pagaría la renta donde vivían y algunos gastos y ella se encargaría de otros. Pero donde la puerca torció el rabo fue cuando ella empezó a salir con otra persona.

Aunque su expareja tiene otra mujer y hasta nuevos hijos, parece que le dio rabia que ella rehiciera su vida. Decidió castigarla… sin importarle sus hijos.

La familia de él hizo mutis por decirlo elegantemente. Los padres de mi amiga fueron los que llegaron a auxiliarla pagando una bodega para poner sus muebles. Sus hijos se fueron un rato con sus abuelos y ella a casa de una amiga en lo que pasa la vorágine y piensa como va a enfrentar la situación.

“Estoy devastada, decepcionada y deprimida… ¿por dónde empiezo?”, me dijo.

Aunque tiene una carrera universitaria decidió como miles de mujeres ejercer de lleno la maternidad y dedicarse a su casa y sus hijos y abandonar su profesión.

“Me siento culpable y estoy furiosa conmigo misma. ¿Por qué permití que mi independencia económica estuviera en manos de otro?”.

Su caso me es familiar. Muchísimas mujeres deciden abandonar sus carreras profesionales para dedicarse a sus familias y aunque no se arrepienten de ello, se dan cuenta ante estas circunstancias que debieron manejar las cosas de otra forma. Además, al dejar de trabajar se pierde completamente la independencia y la toma de decisiones es mas dura.

“Me tengo que calar la infidelidad… ¿que no ves que no trabajo? ¿Quién pagaría las escuelas de los niños? Me va a dar una pensioncita mísera que no me va a alcanzar para vivir… No puedo ponerme digna” me comentó en algún momento otra amiga.

Yo, que he trabajado toda mi vida adulta no concibo vivir dependiendo del sueldo de mi pareja. Me da ansiedad solo de pensar que un sujeto pueda decidir si como o no.

“No te culpes más. Tú confiaste en tu ex y en su palabra” le escribí. “A lo hecho… pecho”.

Su situación me pone a pensar si los hombres harían lo mismo. ¿Dejarían ellos sus puestos laborales para dedicarse a cuidar a su familia? ¿Qué sentirían si un buen día se ven sin un techo y en la calle con sus hijos? ¿Por qué seguimos siendo las mujeres las que sentimos el deber de abandonar nuestras profesiones para atender a los niños? ¿Será el instinto natural maternal… o el producto de una sociedad machista castrante? No lo se supongo que habrá mil respuestas.

Mi amiga se va a recuperar porque es una mujer valiente y muy fuerte. El que quizá nunca se recupere sea él. Tiene el corazón podrido.

Este artículo fue publicado en Huffington el 19 de abril del 2015

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