Mid adult Caucasian couple dining in a restaurant with blindfolds over eyes.

De pronto lo vi. Y entonces, el tiempo se detuvo. Unos hermosos ojos azules me miraron fijamente. El corazón me palpitó con fuerza. Como en mis mejores años de adolescente, me sentí francamente nerviosa ante la presencia de un “desconocido”. Me ardía la cara al momento en que me besó ambas mejillas.

“Hola, mucho gusto Diana, encantado en finalmente conocerte”.

Era alto y fuerte, con una voz suave y un acento español.
“Me gusta…y mucho” pensé.

Luego de varias citas concertadas a través del famoso “online dating” tenía pocas esperanzas de encontrar a alguien que llenara mis expectativas para por lo menos pasar una buena velada conversando. Mis otros “dates” me habían aburrido terriblemente. Uno de ellos se apareció a la primer cita usando unos viejos tennis que me llevaron a pensar en huir del sitio sin darle la cara al tipo…pero me sentí mal y decidí no dejarlo “plantado”. Nunca había comido tan rápido. Salí literalmente huyendo.

“Estoy adentro del restaurant…soy el de los tennis viejos” me dijo mi “date” en alusión a lo que le había contado sobre mi experiencia….y nos empezamos a reír. Antes de entrar le di un retoque a mi maquillaje y me bañé de perfume.

Y es que no es lo mismo “chatear” en el anonimato de la Internet o escuchar una voz que encontrarse frente a frente con alguien. Mi prospecto y yo habíamos hablado durante varios días por teléfono. Nos habíamos enviado mensajes de texto, fotos y habíamos intercambiado datos básicos de nuestras vidas.

Ambos estábamos divorciados, con dos hijos pequeños, teníamos sueños y frustraciones profesionales, habíamos crecido en hogares católicos pero habíamos cambiado el rumbo en nuestra fe. Igual que yo era un inmigrante. Igual que yo soñaba en que en algún lugar de este planeta nuestra “media naranja” estaba por ahí…igual que yo se había animado a entrar a buscar un romance en la web porque nos faltaba tiempo para socializar…igual que yo se sentía solo. Quería que lo quisieran….igual que yo.

Luego de varias conversaciones, finalmente se animó. “Te quiero conocer….¿vale?” ….por supuesto dije que sí a la primera, no se fuera a arrepentir.

Y ahí estábamos los dos. Examinándonos. Sonrientes, nerviosos. Tomé al toro por los cuernos y empecé a contarle sobre una visita a Madrid. Quería impresionarlo hablándole de su Patria, entonces los dos nos relajamos y la plática fluyó. La pasamos divino. Ninguno de los dos quería decir adiós. Me despidió parado junto a mi carro enviándome un beso con la mano.

Vinieron más citas….luego unos besos. Lo que pasó después lo guardo para mi, en un rincón de la memoria. Unas palabras, unas cuantas letras, un adiós…..y una mirada eterna….intensamente azul.

Este artículo fue publicado en Huffington el 8 de marzo del 2014

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