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Si eres mexicano, eres guadalupano punto. No importa la religión que profeses, ni de dónde sea tu familia, el culto a la Virgen de Guadalupe está intrínsecamente ligado a la nacionalidad.

Fue con un estandarte con la imagen de la virgen y al grito de “Viva México….y la virgen de Guadalupe” que Miguel Hidalgo y Costilla se lanzó a liberar en 1810 a toda una nación oprimida por la Corona española. Y en todas las batallas que mis compatriotas libraron por “tierra y libertad”, la imagen de la señora de rostro moreno iba al frente. Ella y la bandera tricolor.

En México, el 12 de diciembre, cuando se conmemora la primera aparición de la virgen de Guadalupe a Juan Diego se celebra una verdadera fiesta nacional. Aún no he tenido la dicha de estar en el santuario del Tepeyac en un día como hoy y vivir su fiesta desde el preciso sitio donde la “Tonatzin” llegó para quedarse….eternamente.

Desde hace más de 20 años vivo en los Estados Unidos añorando la alegría de la Navidad guadalupana. A ella le dediqué mi matrimonio, la compra de nuestra primera casa, mi primer trabajo en televisión y el nacimiento de mis hijos.

También de su mano caminé mis fracasos. Una bancarrota, la pérdida de nuestros negocios, el fin de mi matrimonio de tantos años, mis caídas y tropiezos.

Y entonces, como siempre… la virgen estuvo ahí… para levantarme quizá con más fuerza que nunca y hacerme un maravilloso regalo y uno de los milagros más hermosos de mi vida: una nueva casa para mí y para mis hijos.

Con grandes sacrificios y malabares intentaba la compra del lugar donde vivo. Con una bancarrota encima las cosas parecían imposibles, el cierre se hizo difícil, me faltaba dinero, me enfermé seriamente por tanto stress acumulado… pero no perdí la fe.

Llorando le pedí a la imagen de la virgen que está en el medio de la cabecera de mi cama, que si la casa era para nosotros que abriera los caminos y que si no, pues que me diera entendimiento para dejarla ir.

“Si se me hace, te prometo que una imagen tuya reinará en mi hogar y si no se me hace, te voy a dar las gracias siempre por dejarme saber que hay otro lugar esperando por mí”.

Lo pedí con fe y con fuerza. Se lo pedí a Dios y a ella.

La virgen cumplió su promesa… Y yo también. Su preciosa imagen en mosaicos netamente mexicanos, regalo de mi madre da la bienvenida a todo aquel que entra a mi casa.

No hay porqué preocuparse. Bien lo dijo aquella helada noche de diciembre….

¿No estoy yo aquí que soy tu madre?

Este artículo fue publicado en Huffington el 12 de diciembre del 2013

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