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La cajita bien adornada y con un pequeño moño parecía un dulce en mi mano. ¡Qué pena romper el envoltorio. Era el regalo de mi amiga Melina por mi cumpleaños número 17.

“Ojalá te gusten. Fui con mi mamá a escogértelos. Pasamos horas viendo y viendo hasta que dijimos ‘estos son perfectos para ella’ pedí que te los pusieran en una mini cajita con papel color rojo”.

Dentro de la caja había unos aretes plateados. Perlas pequeñitas colgaban de ellos.

“Son de plata” me dijo bien contenta mi amiga cuando me los vio puestos al otro día en la escuela. Nunca espero un segundo para estrenarme algo que me regalan, así que con el uniforme escolar y calcetas, me lancé a la escuela portándolos orgullosa.

“Los aretes que le faltan a la luna,
Los tengo guardados en el fondo del mar….”

Yo empecé a cantar la famosa melodía de la Sonora Santanera y Melina se unió al coro. “Te van a traer suerte…ya lo verás”.

Durante exactamente 29 años los aretes me han acompañado en mis grandes aventuras profesionales y románticas. A veces, se me quedan viendo porque no son necesariamente apropiados para una entrevista laboral o para presentar un reportaje importante pero los he convertido en una especie de amuleto de la buena suerte.

Los traía puestos cuando le dije que si a un muchacho que me encantaba, cuando hice mi primera entrevista para la televisión y cuando firmé mi primer contrato. Esta semana, presento mi primer serie de reportajes para mi nueva casa laboral. He trabajado mucho en esta gran oportunidad y los flamantes aretes estuvieron ahí engalanando mi trabajo.

Supongo que siento en el corazón la super vibra de mi amiga deseándome buena suerte. Cuando me los pongo, siempre me remonto a mi adolescencia y nunca puedo evitar cantar….

“Los aretes que le faltan a la luna…
Los tengo guardados, para hacerte un collar….
Los hallé una mañana en la bruma…
Cuando caminaba, junto al inmenso mar….”

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