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Hay historias que nos cambian la vida. La mía se transformó en el preciso instante en que mis ojos se cruzaron con los de Angélica Manzanares. La mujer estaba literalmente destrozada. Tenía el rostro lleno de moretones con un ojo hinchado y sin abrir. Su mano derecha envuelta en vendas. Cicatrices de cuchilladas en el pecho, la cabeza y los hombros. Apenas caminaba y hablaba con dificultad. Así quedó luego de que su expareja, un hombre de 59 años la había atacado salvajemente durante “una hora de agonía”.

He cubierto muchas historias sobre violencia doméstica, y platicado con infinidad de víctimas y sobrevivientes, pero jamás había visto a alguien tan maltratado. Manzanares me pidió que fuera sin cámaras a su casa para contarme su versión de la historia. Hace solo una semana, el domingo pasado, su expareja se confrontó con la policía frente a las puertas de su casa y el hombre, llamado Carlos Yero, murió baleado por los agentes luego de negarse a soltar la pistola con la que los amenazaba. Antes de enfrentar a las autoridades había golpeado salvajemente a Angélica y por eso trataban de arrestarlo.

Me tocó cubrir la noticia y por eso buscaba entrevistarla, pero sus hijas me decían que seguía hospitalizada. Decidí entonces dejarle mi nombre y teléfono y dejarla en paz. “Díganle a su mamá que me llame, cuando quiera hablar y desahogarse”… y así lo hizo.

“Yo lo quería mucho. Lo amaba de verdad… pero se volvió loco cuando quise dejarlo”. Manzanares y Yero tenían una relación extra marital de 12 años. Según me contó, las cosas se pusieron feas cuando ella, cansada porque el no terminaba de divorciarse decidió acabar con la relación. “Era muy celoso, posesivo… ya estaba yo cansada de tantos pleitos”.

El hombre, quien le llevaba 22 años, se desquició. Le descompuso su vehículo, se le aparecía en la casa, la acosaba con intención de asustarla y la amenazaba constantemente. Aunque ella lo denunció dos veces las autoridades le dejaron salir libre, hasta ese día terrible en que por poco la mata.

“Yo hice lo correcto. Me puse fuerte, lo corrí, lo denuncié, le puse una orden de restricción y mire… no hizo caso. No es culpa de las autoridades es el sistema el que falla. Se le deja en libertad sin hacerles una evaluación psicológica. No sé cómo reconstruir mi vida… estoy desbaratada”.

Mientras la escuchaba, sentía su indignación y coraje. ¿Por qué no pudo evitarse semejante desgracia? ¿En qué estamos fallando todos para que sigan existiendo personas capaces de actos tan salvajes? ¿Por qué tanta tolerancia al maltrato y al abuso?

“Le abrí la puerta porque me dijo que me traía una sorpresa. Pensé que eran unas flores pero se me abalanzó con unas tijeras y me las enterró por donde pudo. Me pateó por todo el cuerpo y con una estatuilla de acero me dio en la cabeza. Me desmayé. Entonces se me vino encima con un cuchillo y también me lo clavó. Y seguía pateándome, jalándome el cabello… fue horroroso. Como pude logré levantarme y salí corriendo a pedirle ayuda a un vecino. Salió detrás de mí con un barquito con el que me estaba pegando. El vecino me ayudó. Estoy viva de milagro… mis hijos me dieron la fuerza para no dejarme matar”.

El caso de Manzanares nos recuerda que la vida es frágil y que cambia en segundos, que hay cosas que no pueden tolerarse en nombre del amor porque si duele y maltrata definitivamente no es amor, y lo mas importante: que siempre hay esperanza y que podemos sobreponernos a las desgracias cuando se tiene… la voluntad.

Este artículo fue publicado en Huffington el 13 de septiembre del 2015

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