Secretive Couple with Smart Phones in Their Hands

La gente habla de la sinceridad, la verdad y la mentira como grandes virtudes o defectos en los seres humanos. Y sí, lo son, pero la realidad es que desde mi particular punto de vista hay cosas que no deben saberse nunca y mantenerse en el anonimato. Amores prohibidos, cosas que nos avergüenzan o verdades que causarían mucho daño. No deben salir del clóset muchos trapos sucios o “pecadillos” que harían más mal que bien.

Sinceridad es decirle a alguien que ya no estás a gusto en una relación, que quizá se perdió el encanto o que ya no quieres seguir casada porque te sientes infeliz, pero ¿para qué dañar a alguien diciéndole a lo mejor que nos hemos enamorado de otro o que ya no nos satisface en la cama?

Llevo años entrevistando personas determinadas a decir su verdad a cualquier precio, pero resulta que casi siempre… me mienten. Por lo menos, en una parte de la historia. Y es que como decía una amiga “siempre existe tu verdad, mi verdad y la verdad”. Y no los culpo. En el intento de justificar nuestras acciones terminamos enredándonos, creando nuestras propias realidades que por lo general son la mitad fantasías.

Por eso, insisto en que siempre hay algo que ocultar. Cuando me dicen “no tengo nada que esconder, soy transparente”, el cuerpo se me tensa y me pongo a la defensiva. Es casi como un instinto que me obliga a protegerme del desplante de franqueza. Mejor no digamos nada. Al fin de cuentas tampoco es necesario dar grandes explicaciones de lo que hacemos o dejamos de hacer a nadie.

La vida obliga a resguardarse. Me encanta la candidez de la gente cuando me dice “te conozco muy bien” o “yo se lo que sientes”… ¡Por favor! Como dijo la canción de Raphael “Que sabe nadie, si ni yo misma muchas veces se que quiero”.

Me causa gracia las historias que se dicen sobre mí, si las aventuras que cuentan fueran ciertas mi vida sería una verdadera avalancha de grandes amores, éxitos profesionales y muchas dosis de sexo.

Las verdades de la vida, la mía, la tuya o la del otro solo las conoce al que las vive… hay cosas que de verdad, mejor que no las sepa… ni Dios.

Este artículo fue publicado en Huffington el 6 de diciembre del 2015

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