La canción de Leo Dan me trajo recuerdos románticos. Mis padres la cantaban a todo pulmón cuando la escuchaban en la radio. Años más tarde yo también la canté con unas lágrimas corriendo por mis mejillas.

Es que eso de prometer, está tremendo…prometer olvidar es ¡bien difícil!

Esto viene a colación porque hace unos días, una amiga me contó que iba a anular su matrimonio religioso.

“Algún día quiero volverme a casar por la iglesia” dijo segura.

Por poco me caigo de la impresión. Lo último que se me ocurre es volverme a casar, ni por la iglesia ni por amor, mucho menos por…idiota.

Y ojo, para que no se vayan a ofender, no digo que los que se casan muchas veces son idiotas, nunca falta el que se pone el saco. Cada quien sus razones y motivos.

Su aseveración hizo que en un segundo volviera a mi memoria aquel momento en que me comprometí en un altar al que fuera mi marido.

“En la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza…y amarte y respetarte…todos los días de mi vida”.

¡Cristo de la consolación ¿Cómo pude?! ¡Perdóooooon Jesucristo sacramentado!

Ah pero eso sí, yo lo intenté. Les JURO que lo intenté.

Hoy, luego de un tristísimo divorcio el solo pensar que no puedo cumplir promesas eternas me impide la mínima posibilidad de volver al matrimonio.

Me declaro INCOMPETENTE a atar mi vida a la de nadie, poner mi nombre junto al de otro y a comprometerme a absolutamente nada. También las mujeres le huímos al compromiso (😛😛😛)

Perdí la capacidad sublime de decir “¡Para siempre!”. No se si podría quererte hasta mañana. Así de grave la cosa.

Por eso, congugando el verbo digo: Me prometo, no prometer…y hasta eso voy a ver…si lo puedo cumplir…

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