“Ay abuelita 👵 no inventes” le dije cuando la vi con la tela, los hilos y las agujas.

“Toda señora casada necesita de un mandil. Así que vamos…”

Mi abuela Juanita, la madre de mi mamá pensaba que era fantástico que una mujer se casara. Nació en 1917 y sólo tenía 3 años cuando la revolución mexicana llegó a su fin.

“Ay mi’ja ya vas a tener quien te cuide” solía decirme durante los preparativos de mi matrimonio. Según ella, yo debía prepararme para ser el ama de casa perfecta. Lo cual incluía por supuesto saber cocinar…y bien.

El caso y el cuento es que aunque detesto cocinar, entre mi abuela y yo, bordamos a punto de cruz el mentado mandil. Mi madre, Gloria también dio sus puntaditas.

“A ver si me acuerdo” dijo. Las monjas le habían enseñado de todo, bordar, deshilar, coser 🧵, tejer y todas las manualidades de aquellos tiempos propias del género femenino.

Mi mandil quedó listo. Luego de que lo bordamos, lo llevaron a que una costurera me lo dejara perfecto.

“Ya no te lo pude coser yo, no me da la vista hija” me confeso mi abuelita.

Y así, el mandil de mi familia llegó hasta California y luego, a Miami. Jamás lo usé. Estaba tan chulo…y pocas veces me meto a los fogones.

Pero, esta mañana, mientras limpiaba cajones de la cocina lo encontré.

Una extraña emoción me invadió y mis ojos se humedecieron con el recuerdo de esas mujeres que me quisieron tanto.

Lo tomé con cuidado y lo abracé con la misma ilusión de antaño. Ahora tendrá el uso perfecto para mi nuevo emprendimiento en esto de los terrarios.

Porque en las manos del que trabaja…se encuentra siempre Dios…

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