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Tremendo papelón hicieron los organizadores del francamente espantoso y patético concurso de Miss Universo, anunciando y coronando a la representante de Colombia como la mujer más bella del mundo, para luego decirle: “Ay no perdón, la coronita, la banda y las flores no son para usted”.

La pobre chica quedó ahí, en medio del escenario ridiculizada ante millones de televidentes alrededor del planeta. Con una dignidad de verdadera reina, siguió sonriendo mientras era despojada de lo que, supuestamente, se había ganado con mucho esfuerzo y sacrificio. La esperanza de sus familiares, fanáticos y de una nación completa se perdió de pronto junto a la luz de los reflectores que dejaron de alumbrarla, para enfocarse en la nueva soberana.

La nueva reina ni lo entendía y quizá, en otras circunstancias, hasta se habría negado a ser coronada en apoyo a su compañera. Todos dicen que la colombiana pasará a la historia, y será mucho más popular que la Miss Universo oficial, y es que en esta vida muchas veces al perder se gana.

Reflexionando un poco en lo sucedido a esta muchacha, yo también me sentí “Miss… perdedora” en alguna ocasión. Mis atributos físicos nunca me han permitido estar en un concurso de belleza pero, al igual que todos en este mundo, he sido de alguna manera despojada de lo que me pertenece, o creo que es mío.

¿Cuántas veces no hemos celebrado por anticipado un ascenso? Quizá la posibilidad de una pedida de mano o tal vez un nuevo empleo, para luego llevarnos una espantosa decepción cuando las cosas se caen como la sopa del plato a la boca o pasan a los labios de otros.

Recuerdo muy bien una noche en que estaba en casa de una amiga, cuando recibí la llamada de una empresa anunciándome que el trabajo que tanto había anhelado era mío, y que al día siguiente debía pasar a firmar los papeles para empezar a trabajar de forma inmediata.

Mi amiga y yo brincamos de gusto, y ella abrió una botella de vino para festejar que luego de algunos años yo volvía a la televisión con un trabajo de reportera, un buen sueldo y beneficios a Telefutura, una gran empresa de comunicación. Salí corriendo de su casa a comprarme un traje y zapatos nuevos para ir echando tiros a mi cita.

Pero… triste decepción. Al llegar al lugar, la que sería mi nueva jefa me dejó sentada en el lobby casi hora y media. Luego, una de sus asistentas salió para decirme que ella estaba ocupada, y no me podía atender, pero que habían cancelado la plaza y ya no había ningún trabajo para mí.

La situación me pareció insólita y absurda. Me sentía ridícula y humillada. Yo había ido a tres entrevistas con ellos, entregué una veintena de ideas que me habían pedido para analizar mi capacidad periodística, y un día antes me habían confirmado que el sueldo y la posición eran míos. ¿Qué hice mal? ¿Cómo le iba ahora a contar a mi amiga que no había trabajo y que además fui tan tonta para gastarme un dinero que me hacía falta en ropa nueva? De más está decir que mi ánimo era el de una “Miss” sin corona.

Pero mi temperamento, y una especie de resignación interna que siempre me acompaña, me hicieron entender que seguramente Dios no me quería ahí por alguna razón. “Piénsalo”, me dije mientras manejaba a casa de mi amiga para contarle mi frustración. “¿Quieres trabajar en un lugar con semejante informalidad y calidad de personas?”, ¡por supuesto que no!… “Seguramente te vas a sentir infeliz y te van a correr cuando no te dejes maltratar”.

Mi amiga se portó fantástica, escuchó lo sucedido, soltó unas cuantas palabrotas junto a mí y luego, puso una música alegre, abrió otra botella de vino y brindamos, “por ese trabajo de quinta, con gente asquerosa al que no tendrás que ir a ver ningún día de tu vida”.

Meses después volví a la televisión. No sé cuánto más me dure el “reinado”, pero he sido feliz en un lugar en el que hago lo que verdaderamente me gusta. Nada es para siempre. Cuando me tenga que ir, pues me voy y punto. Y a otra cosa.

Así que, si al igual que a la señorita Colombia te han quitado la corona a punto de sentarte al trono, no te angusties ni te disgustes… como dijo la mismísima señorita Colombia, “todo pasa por por algo”, y casi siempre es por algo mejor… ¡Mucho mejor!

Este artículo fue publicado en Huffington el 27 de diciembre del 2015

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