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-“Mamá, ¿A qué edad te fuiste de tu casa?”… Yo sabía que la pregunta vendría pronto. Angela y Diego, mis hijos de 10 y 7 años, estaban atentos a lo que les respondería. Yo siempre les he dicho que se irán de mi casa cuando hayan acabado sus estudios, tengan su propia casa, hayan viajado a Europa 3 veces y le hayan regalado un auto a su mamá…por ahí de los 40. Y aunque saben que es broma, supongo pensaban que me fui tarde del hogar de mis padres.

“Tenia 17 años. Me fui a vivir a la Ciudad de México a 9 horas de mi casa, a vivir con mis tíos, todo con tal de ir a la Universidad”. Mis hijos abrieron los ojos y me pidieron contara porque me había ido tan lejos y cómo mi madre, su abuela, me había dado permiso.

Me enfrasqué entonces en un particular relato. Resulta que la única universidad que había en mi ciudad natal no ofrecía la carrera de periodismo. Entre lágrimas y súplicas convencí a mis padres de dejarme ir a la capital para estudiar.

Mi familia no contaba con los recursos necesarios para enviarme tan lejos por lo que mi tío, el hermano de mi padre, ofreció su casa para que yo estudiara en una de las ciudades más grandes del mundo. No hay palabras para explicar la emoción que sentí cuando fui aceptada en una prestigiosa universidad.

Por casualidades de la vida terminé estudiando en una institución privada gracias a algunas becas que obtuvimos en el trabajo de mi madre y en la escuela misma y que debí mantener los 4 años de la carrera. Hacía mis tareas en una máquina de escribir de esas antiguas. Mis hijos nunca han visto una y me tocó enseñárselas en la Internet.

No tenía celular, ni teléfono en casa. No había Internet y por supuesto no tenía auto. Mis tíos vivían a dos horas del plantel al que yo iba. Me levantaba a las 4 de la mañana para a las 5 empezar el recorrido.

Primero una caminata para tomar una “pesera” (bus), luego 7 estaciones en el metro, después un autobús y finalmente caminaba otras 4 cuadras para entrar a mi primera clase. Cuando Verónica, la que sigue siendo mi mejor amiga desde mi infancia, viajaba a visitarme había fiesta en mi corazón. Me traía los últimos chismes de lo que pasaba en mi ciudad, así como chácharas, ropa y todo lo que se le ocurría. Literalmente me mataba el hambre atrasada y me subía el ánimo.

Estudiar en esa escuela privada era muy caro. Pese a las becas me las veía negras para cumplir con mis asignaciones por lo que establecí un próspero negocio haciendo tareas a mis compañeros de clase.

El éxito fue tan grande que la que se convirtió en mi mejor amiga en esa época entró al quite y surtimos de buenas calificaciones a alumnos de las facultades de comunicación y sicología. A falta de efectivo, fotocopiábamos los libros que compraban los alumnos con más poder adquisitivo para poder hacer las tareas.

“Mamá….¡hacer tareas es un delito! Y fotocopiar libros ¡también!”… Angela no daba crédito a la confesión que su madre acababa de hacerle. Me sentí avergonzada ante mis hijos aceptando los “delitos” cometidos, pero era por una buena causa: graduarme de periodista.

Así, gracias al tremendo esfuerzo de mi madre ( quien durante años mantuvo dos trabajos de tiempo completo) y su eterno sacrificio me convertí en el primer miembro de mi familia en graduarme de una universidad.

Mis hijos estaban francamente entusiasmados escuchando mi relato. Les parece imposible la existencia de un alumno sin Internet, celular o aire acondicionado en sus aulas.

“En México muchos niños aún estudian así… como tuve que hacerlo yo y muchos de mis amigos”.

Diego, quien siempre tiene la palabra adecuada en el momento perfecto (para bien o para mal) me dijo:

“Mamá, tú sí querías ir a la Universidad y ser periodista… sigue inspirándonos madre”. Mejor halago…imposible.

Este artículo fue publicado en Huffington el 12 de octubre del 2014

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