WOMAN FRUSTRATED WITH THEIR CHILDREN

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“¡Ni loca voy a parir! ¡Yo no nací para tener hijos!”… Me dijo muy ufana una compañera de trabajo. Estábamos haciendo chistes y bromas a otra amiga que está esperando un bebé.

“¿Como puedes decir eso?… Ser madre es lo más maravilloso del mundo”, dijo la embarazada con una sonrisa de oreja a oreja. “¡Lo digo porque lo siento!… Piensas que ser mamá es la versión larga de un comercial de pañales… pero no. No tengo ganas de ligar mi vida eternamente a la de otro. Ni quiero que nadie dependa de mí. No quiero cargas… ni tristezas… ni problemas. Me falta paciencia y me chocan los críos”.

La conversación me hizo meditar por enésima ocasión en el verdadero valor de la maternidad. El tema me apasiona porque soy de las que rehusa darle una sobre valoración que raya en la santidad a todas aquellas que deciden tener un hijo. Me encanta pensar que las mujeres jóvenes están dispuestas a defender lo que consideran correcto, y no caer en presiones de ningún tipo. A mi hija le digo constantemente que la maternidad es una tarea titánica y que no se debe idealizar.

De hecho, creo que, efectivamente, no todas las mujeres nacimos para ser madres y que aquellas que no sienten en su corazón o su cerebro ese llamado, deberían pasar de largo de “la dulce espera”. Lo que pasa es que durante generaciones y generaciones se nos ha enseñado que una mujer solo logra “realizarse” cuando se casa… o da a luz. O sea, cuando logra continuar la especie y dejar huella en este planeta.

Existe también un miedo intrínseco a la soledad que lleva a muchas a la mal tomada decisión de ser mamás. Al fin de cuentas, un hijo no es garantía de nada. Ni de matrimonios largos, ni mucho menos de una vejez acompañada. He visto casos de madres extraordinarias abandonadas a su suerte por sus vástagos.

Los tiempos exigen más. Quizá, antes de tener un hijo deberíamos cuestionarnos varias cosas. ¿Estoy dispuesta a amar y proteger a mi hijo si el niño presenta alguna discapacidad? Si me divorcio… ¿estoy lista para enfrentar el reto de educarlo con todo lo que la situación implica? Más bien habría que cuestionarnos… ¿para qué quiero traer un hijo al mundo?

Cada quien sabrá sus respuestas y si estas compaginan o no con la maternidad. Tal vez, si realmente le echamos cabeza… nadie querría ser madre o muy pocas estarían dispuestas a todo lo que conlleva dar vida a otro ser humano.

La maternidad es, a mi modo de pensar, una especie de sacerdocio de servicio eterno. Es tan grande y profundo el amor que siente una madre por sus hijos que entrega alma corazón y vida por ellos. Pero, si esa vocación no está en ti…. defiende con uñas y dientes tu derecho a decir “NO”. Me parece de valientes traer una vida al mundo…. como valiente es el acto de decir que no a la maternidad. Al fin y al cabo, renunciar a ese privilegio es quizá también…. un acto de amor profundo a ese pequeñito que no ha de venir al mundo.

Este artículo se publicó primero en el Huffington Post el 4 de octubre del 2015

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