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“Soy un confidente para mis hijos”, “me cuentan todo”, “no tienen secretos conmigo” en múltiples ocasiones he escuchado a varias personas asegurar que entre ellos y sus vástagos existe una gran camaradería que raya en la amistad. Y me causan gracia y hasta un poco de ternura por la candidez de ese pensamiento. Por favor, seamos adultos coherentes. Nadie quiere ser “amigo” de mamá o papá. De hecho, habrá un momento en su vida que les pareceremos verdaderos entes demoniacos.

“Yo quiero ser el amigo de mis niños” me han dicho, bueno, pues yo no. Simple y sencillamente no me interesa ser la amiga de mis hijos, yo solo quiero ser….su mamá. Estoy plenamente convencida de que me esconden muchos secretos y que seguramente de vez en cuando les parezco detestable.

Al fin de cuentas soy la que les exige orden y les impone reglas. “No hagas esto, no digas lo otro, vístete bien….aplácate”. Sus miradas fulminantes me indican que les parezco anticuada y que, según ellos les entiendo poco.

En una ocasión, luego de una buena regañada, ya ni me acuerdo porqué, me atreví a decirles. “¿Saben una cosa? Si yo tuviera su edad, seguramente no serían mis amigos, ustedes me parecerían demasiado impertinentes” entonces se empezaron a reír. Para calmar los ánimos les pedí que me imaginaran como una niña que compartía su salón de clases.

Mi hijo Diego me dijo “ay no mamá no que horrible….te la pasarías fisgando entre mis cosas” y Angela, mi hija mayor me aseguró “nunca podría ser amiga de una niña tan chillante como tú. Te encanta vestirte con brillos…que espanto”.

La realidad es que desde mi punto de vista, los padres no podemos ser amigos de nuestros hijos. Y creo que de hecho, no deberíamos serlo. La diferencia tecnológica y de edad nos lo hacen imposible. Si bien mis hijos me han hecho confidencias que yo nunca habría imaginado contarle a mi mamá también es cierto que seguramente habrá muchas cosas en las que estoy fuera de su lista. Mi madre tampoco fue amiga mía y la suya mucho menos de ella. ¿No les sucedió lo mismo? Las peleas que tuve con mi madre durante mi adolescencia fueron verdaderamente apoteósicas. De tomar palco.

Las confidencias que se hacen a los amigos nunca podrán compararse con la forma en que nos comunicamos con nuestros padres o con nuestros hijos. Existe una barrera intangible compuesta de respeto y pudor que impediría que esa “amistad” fuera verdaderamente profunda y más importante aún, real.

Si bien es importante que nuestros hijos nos tengan confianza y cuenten con nuestro apoyo, la responsabilidad mayor que tenemos con ellos es guiarlos hacia una vida saludable a nivel emocional indicándoles a veces con mano dura y firme cuando consideramos que no van por el camino correcto, que algo que hacen nos desagrada profundamente y que en muchas ocasiones sus decisiones no son las más adecuadas, especialmente cuando aún no pasan la adolescencia.

¿Porqué bajarnos de ese pedestal especial en el que Dios nos puso al darnos semejante regalo y responsabilidad al traerlos a este mundo?

No queridos, yo no quiero ser su amiga…simplemente su mamá.

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